Antonio Rivero Taravillo

Echar a suerte

© Max Mulhern

LA HISTORIA DE NUESTRA ESPECIE puede resumirse como el proceso por el cual el ser humano ha tratado de adquirir seguridad frente a las contingencias, vivir protegido de lo aleatorio de la vida salvaje, sometida a fenómenos naturales y a la incidencia imprevisible de meteoros como la lluvia o el rayo, cuando no al ataque de las bestias o a hecatombes no anunciadas como terremotos o inundaciones. Pero añorante en su fuero interno de aquella inseguridad, el hombre ha cortejado el azar, y le ha hecho el dueño y señor de muchos juegos que, aparte de la intriga y la emoción del qué será, a ver qué sale, traen aparejado ese corolario que aún les otorga más vértigo: las apuestas.

Desde la civilización mesopotámica tenemos constancia de juegos de azar, con el astrágalo o las tabas y los primeros restos de juego que han llegado hasta nosotros, de una antigüedad que ronda los cinco mil años. Esos astrágalos eran piezas de huesos del tarso de los carneros, más prismas que cubos, que al caer en las posibles posiciones arrojaban diferentes resultados. Sorprende cómo ha sido un procedimiento empleado en muchas partes del mundo, incluida América, lo cual significa una de dos cosas: o bien se trata de generación espontánea, o ello acredita que formaba parte del bagaje de las poblaciones que atravesaron el estrecho de Bering.

Muchos juegos de mesa combinaban la estrategia y el azar, con el uso de palos o dados (no necesariamente cúbicos) que impulsaban el avance de fichas en carreras cuyo último sentido se nos escapa pero que todo indica que representaban procesos iniciáticos. De aquel remoto pasado era el conocido como juego real de Ur. En Egipto se desarrolló el senet, precursor del backgammon. No sabemos con exactitud las reglas de estos juegos de mesa, pero sí que no eran enteramente azarosos, pesando en ellos también la estrategia y, luego, o paralelamente, la religión.

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Aquest article pertany al número que dedica el dossier a "Atzar".
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