Juan Carlos Ortega

El camino soleado

Craig Melville / Unsplash

SIEMPRE SE HA DICHO que el estupor y la perplejidad son la base del pensamiento filosófico. Algo similar (idéntico, en realidad) se podría decir del pensamiento humorístico. La mayoría de los humoristas a los que he conocido podrían haber sido, por un golpe del destino, unos perfectos filósofos, porque el cerebro necesario para ambas disciplinas es exactamente el mismo.

Imaginemos que hacemos un viaje en el tiempo, retrocediendo unos dos mil quinientos años, para encontrarnos con Tales de Mileto, ese antiguo filósofo al que todos consideran el padre de la filosofía occidental. Aparcamos nuestra nave temporal allí, en las preciosas y soleadas costas de la Grecia jónica, donde ahora está Turquía, y nos disponemos a buscar al gran Tales. Preguntamos a los habitantes de Mileto por el paradero de ese hombre tan curioso y nos indican amablemente un lugar al que, llenos de ilusión, nos dirigimos.

Y allí está ese tipo, sentado sobre una piedra, muy encorvado, reflexionando sobre si acaso hay algo a lo que pueda reducirse la realidad, si tal vez existe un elemento, uno solo, que sirva de base, de ladrillo, a toda la complejidad que encontramos en el universo. Justo en ese instante, cuando topamos con él, el filósofo está llegando a la conclusión de que el agua es el cimiento de todas las cosas.

Siguiendo mi razonamiento inicial, podría pensarse que, si decidimos cenar con él, podríamos tener una velada divertidísima. Si es cierto, como defendía yo al principio, que humor y filosofía están tan relacionadas, entonces sería razonable pensar que Tales de Mileto sería capaz de entretenernos con sus simpáticas ocurrencias durante un buen rato. Sin embargo, creo sinceramente que no sería así. Tales no nos haría reír, o al menos no en mayor grado que cualquier otro hombre inteligente. Esto es así porque el filósofo es un humorista que accede a la realidad por el mismo camino, pero montado en un vehículo diferente. Tales de Mileto conducía el coche de la filosofía, y Miguel Gila, por ejemplo, hacía lo propio con el coche del humor. Pero ambos transitaban el mismo sendero, los dos habían elegido el mismo camino, entre los miles de caminos posibles, para moverse mientras reflexionaban.

Més

Aquest article pertany al número que dedica el dossier a "Humor".
Si et sembla interessant, pots comprar el número clicant aquí.

Suma’t a El Món d’Ahir

Aquests continguts són possibles gràcies a les aportacions dels subscriptors i lectors. I tu, ja en formes part? Fes-ho possible!

Aquest lloc web utilitza 'cookies' pròpies i de tercers per recopilar informació amb una finalitat tècnica. No es guarden ni cedeixen les dades de caràcter personal de ningú sense el seu consentiment. Igualment, s'informa que aquest lloc web disposa d'enllaços a llocs web de tercers amb polítiques de privacitat alienes a Som *. Si continues navegant per aquest lloc web, acceptes utilitzar les galetes. Més informació

La configuració de les galetes d'aquesta web està definida com a "permet galetes" per poder oferir-te una millor experiència de navegació. Si continues utilitzant aquest lloc web sense canviar la configuració de galetes o bé cliques a "Acceptar" entendrem que hi estàs d'acord.

Tanca