María Belmonte
Grecia, tierra venerada, tierra expoliada

Desde que Lord Byron pisó el suelo de Grecia por primera vez en noviembre de 1809 nunca había demostrado un interés particular por las antigüedades clásicas. Entre sus aficiones más conocidas se contaban la caza de aves acuáticas, montar a caballo, nadar largas distancias y enlazar un amorío con otro. Pero cuando regresó de nuevo a Atenas en marzo de 1811 y aceptó la invitación de uno de los agentes de Lord Elgin, el embajador británico ante la Sublime Puerta, para realizar una visita guiada de la Acrópolis, quedó horrorizado por el triste aspecto que presentaba el Partenón. El llamado «templo de los ídolos» por los otomanos y antaño el más imponente monumento de la antigüedad clásica, se encontraba ahora en estado ruinoso y desprovisto de casi todas las esculturas que lo habían embellecido; ya no era más que una patética cáscara vacía. Byron montó en cólera y no contento con acusar de ladrón y expoliador a Lord Elgin —curiosamente, también arremetió contra él por ser escocés, aunque el propio Byron lo fuera por ascendencia materna—, vertió toda su bilis contra el aristócrata en cinco estrofas de su poema La peregrinación de Childe Harold, obra que no tardó en convertirse en un éxito de ventas entre el público británico. Pero el ataque más furibundo lo lanzó en La maldición de Minerva, poema en el que la diosa increpa duramente a Lord Elgin por haber profanado su templo y le promete que toda su ira caerá sobre él. El enfado de la diosa estaba más que justificado porque, de 1801 a 1812, un equipo contratado por Elgin expolió sistemáticamente el templo y se apropió de un ingente botín: setenta y cinco de los ciento sesenta metros del friso que decoraba el templo, quince de las noventa y dos metopas, diecisiete esculturas de los frontones, una cariátide y una columna del Erecteión, fragmentos del templo de Atenea Niké y diversas antigüedades del Ática y de otros lugares de Grecia.

