Carles Cols
La barraca infinita

LA TENTACIÓN, parece que irresistible, porque así comienza este relato, es imaginar que el Eixample de Barcelona, tan bien vestido arquitectónicamente por los sastres del modernismo, con algunos de sus edifi- cios que hasta parecen coronados con una chistera, fue el respetado doctor Jekyll y que las barracas —hasta que en una olímpica broma de mal gusto fueron declaradas extinguidas el 28 de junio de 1989— eran una suerte de miasmático y aterrador señor Hyde.
Hay otra opción, tal vez menos falsa que la anterior (eso sí, igual de tentadora), que consiste en sugerir que el Eixample gozó y goza aún de la belleza de un Dorian Gray porque mantuvo durante décadas en su desván un perturbador cuadro de infraviviendas que comenzaba en Can Tunis, subía por las laderas de Montjuïc, mordía parte del Poble-sec y Sant Antoni, se encaramaba a las cotas altas de la ciudad, por encima de Gràcia y Horta, y regresaba por fin de nuevo a su mar natal, esta vez por el levante urbano, donde el Somorrostro puede que fuera la imagen más lacerante de las barracas de Barcelona, pues a principios de los años sesenta el paseo marítimo de la Barceloneta terminaba abruptamente en una barandilla que ofrecía a los transeúntes de los barrios acomodados unas vistas perfectas sobre ese mar de frágiles paredes y techos que se sostenía en pie sobre el barro a pesar de la fuerza de las olas.