Victoria Cirlot
La verdad del símbolo

¿Es posible que todavía estemos hablando de «la verdad»? ¿No pensábamos ya que «la verdad» no existe, o que al menos es tan relativa que es como si no existiera? ¿Para qué, entonces, plantear «la verdad del símbolo»? Parece este un contrapeso necesario, porque si estuviéramos en condiciones de hacer la historia del concepto símbolo, nos daríamos cuenta de que de ser un término que aludía a lo plenamente real, y con la realidad a ser verdad indiscutible, ha pasado a designar algo que carece de toda realidad y de toda verdad, además de ser constantemente confundido con el signo banal. Símbolo y verdad parecen conceptos solidarios por la degradación y la descreencia a la que se han visto sometidos. Así, con este título pretendo dar entrada a una breve reflexión a partir de la cual se abra de nuevo el espacio en que el símbolo es símbolo y es verdad.
Recordemos cuándo sucedió aquello de que el símbolo era verdad. Para comenzar aclararemos que el símbolo es una imagen, muy parecido a lo que en retórica se denomina metáfora, porque tanto uno como la otra relacionan planos distintos de la realidad destruyendo el orden lógico de las cosas, o al menos eso es lo que nos parece ahora (me refiero a «la destrucción» y al «orden lógico», y cuando digo «ahora» pienso en nuestro siglo, en esta primera mitad del siglo XXI). Hubo un tiempo en que el símbolo era verdad y cuando empezaba ya a dejar de serlo, hubo alguien que dio vida a la verdad como «mujer resplandeciente». El pasaje es demasiado bello como para no citarlo: «…inquieto y muy despierto, me pareció que se me acercaba, no sé por qué caminos, una mujer de una edad y un esplendor indescriptibles y una hermosura que los hombres no pueden comprender del todo. […] Apenas había terminado sus palabras cuando, después de considerar todas las opciones, reparé en que la que hablaba solo podía ser la Verdad misma».

